11 de septiembre, boom boom boom

Estos días toca rememorar el hecho que ha marcado a fuego (sobre todo a fuego) la última década, y para no ser menos, yo haré lo mismo, salvo que para mí tal acontecimiento no fue probablemente el mismo que para la mayoría de vosotros. Y es que cuando los aviones penetraron en las muy feas torres del WTC como controlados por jugadores muy aburridos del Flight Simulator, yo tenía ya mi propio drama en curso.

Sólo un mes antes, mi novia de entonces y yo nos habíamos adelantado al atentado lanzándonos también con ímpetu, aunque sin pasajeros y pilotando un modesto Citroen Saxo, no contra un rascacielos sino contra otro coche que venía en sentido contrario. O esto es lo que me contaron luego, porque yo sólo puedo recordar que íbamos por una carretera gallega envueltos en bruma mientras sonaba el “Fragile” de Nine Inch Nails (una broma de mal gusto ese título, Trent Reznor), y que luego ya no, y que el coche de repente era más pequeño, y que no me podía mover…
En definitiva, despertar de una siesta amnésica y descubrir a tu novia muerta al lado marca mucho más y durante más tiempo que presenciar por la tele el derrumbe de dos edificios repletos de anónimos neoyorkinos. Así que ese día, cuando después de comer en un chino con mi familia, o de verles comer porque llevaba un mes sin poder probar bocado gracias a la intensa reconfiguración dental sufrida en el choque, volví a casa ya alertado mediante SMS de que algo gordo estaba pasando en Nueva York, puse la tele y vi lo que ocurría, no logré empatizar convenientemente con aquellos pobres oficinistas que se lanzaban al vacío; el trauma que yo mismo acababa de sufrir había mutado radicalmente mi percepción de la muerte desde el pánico absoluto a la indiferencia.
A pesar de que el atentado de las torres gemelas no me afectase anímicamente en demasía, sí conservé durante días un sentimiento de asombro y excitación por el significado político, económico y social casi morboso, que de algún modo contribuyó a hacer aún más intensa la sensación de irrealidad en que estaba sumido.

Curiosamente, este momento histórico se sincronizaba con el final de la etapa de mi vida cuyo comienzo marcó otro acontecimiento bien memorable.
Normalmente se recuerda el punto de inicio de una relación como el primer beso, el primer polvo o la primera vez que no te vas/se va a la mañana siguiente. Pero antes de esos hitos, habitualmente hay un instante en que alcanzas la total certidumbre de que algo va a pasar, de que eso va a desembocar en una Gran Historia de Amor o en un Gran Horror. Ese punto para aquella relación fue irónicamente la muerte de Lady Di.

Belén, que así se llamaba, estaba invitada a una fiesta que yo daba en casa con el motivo por el que entonces se daba cualquier fiesta: que mis padres no estaban.
Ella, como joven periodista prodigio que era, trabajaba en la redacción de El Mundo, durante un tiempo sustituyendo a Julio Anguita Parrado (que más tarde murió de un misilazo en Irak) en Internacional, así que cuando Lady Di se hizo una con el hormigón de un pilar de un túnel de París, la disuadieron de ir a ninguna fiesta por muy salvaje que fuese (que lo fue, la asistencia de la policía lo certifica). Pero en lugar de simplemente no venir como hubiese hecho cualquier otra casi desconocida, me llamó por teléfono para excusarse y contarme lo de Lady Di; y fue justo en ese momento cuando descubrí, incluso siendo un discapacitado social como era entonces, que aquella amiga de un amigo acabaría siendo mucho más que eso.


Y hasta aquí esta pequeña historia de amor salpicada de muertes y más muertes.

  1. mekanoide ha publicado esto