Risotada en tu boca

Esto que sigue es una receta. Lo advierto por si tienes algún problema con ello.

Para realizarla necesitas lo siguiente:

Preparación

Esta es una receta que requiere cierta capacidad de multiproceso. En paralelo vamos a hacer tres cosas.

En el fogón número 1, colocamos una cazuela amplia a fuego medio-bajo (en mi caso 5 de 12, esta numeración me recuerda de vez en cuando a Spinal Tap), en la cual lanzaremos con desprecio un par de cucharadas soperas de mantequilla y media cebolla picada.

En el fogón número 2 hacemos caldo en un cazo. ¿Cómo? Pues con medio litro de agua (aunque mejor que sobre que no que falte) y una pastilla de caldo de tu elección. A veces he hecho el caldo con un hueso de jamón, aceite, especias, verduras… pero tal elaboración puede resultar ya exasperante.

Y en el fogón número 3 situamos una sartén con un chorrito pequeño de aceite de oliva, y a fuego medio, echamos ajo picado, la media cebolla que no hemos usado con el arroz también picada, el calabacín cortado en dados y el pimiento también en tiras, trocitos o como más rabia te de.

Fogón número 1

Cuando la cebolla empiece a transparentar, echa el arroz, así, a lo loco. No puedo darte una cifra mesurable muy precisa (¿200g? ¿una taza? ¿un vaso de tubo?), pero ten en cuenta que luego se inflará BASTANTE.

Una advertencia. Al resto de fogones no hace falta que les prestes una atención obsesiva, pero a este definitivamente sí. Sobre todo en esta fase.

No dejes de remover con frecuencia (una cuchara de madera viene de perlas para esta labor, por muy versátil que te hayan dicho que es tu iPhone), o el arroz se empezará a quemar y a pegar al fondo de la cazuela, con lo que todo este esfuerzo se habrá tornado en rotundo FRACASO, y la chica que pretendes llevarte al catre indefectiblemente relacionará tus habilidades culinarias con las amatorias. No quiero decirte lo que seguirá a eso. Bueno, sí: dos besos.

Cuando el arroz de la cazuela comience a ponerse él también transparente (sí, el arroz también puede hacer eso), vierte algo del caldo del fogón número 2 en la cazuela. Lo suficiente como para cubrir a duras penas el arroz.

Sigue removiendo.

Fogón número 3

Espero que no hayas dedicado tu atención exclusiva a la cazuela del arroz, y que llevado por cierto sentido común y el olfato, también hayas removido de vez en cuando el contenido de la sartén.

Cuando la cebolla sea transparente, el calabacín esté dorado (incluso te puedes permitir, si dominas la técnica, que tenga partes un poco tostadas) y aquello huela espeluznantemente bien, abre la botella de vino blanco y vuelca su contenido con alegría sobre la sartén. Por alegría entiéndase como medio vaso, aunque en la cocina yo siempre me he dejado llevar por el impulso del momento.

Es ahora el momento de añadir un chorrito de salsa de soja , pimienta y sal (y carne picada o magro si se desea), y dejar que el calor vaya haciendo evaporarse el agua y dejando lo que nos interesa. Cuando digo dejar, no entiendas que hay que desentenderse, sigue removiendo alguna vez.

Fogón número 1

Espero que la parte dedicada al fogón número 3 no te haya despistado de tu verdadera prioridad: el arroz. Hay que remover una y otra vez. Imagínalo como una clase de spinning.  Cada vez que el caldo se evapore y la mezcla adquiera un aspecto pastoso, echa un poco más.

Te darás cuenta de cuando se acerca el clímax de la receta cuando los granos de arroz se hayan hinchado y hayan adquirido una textura babosa y repugnante. Entonces, vierte el resto del caldo sin remilgos, el colorante o azafrán, sal, y la mozzarella.

Adivina lo que viene ahora. Sí, en efecto. Remueve, joven cadete. Sigue removiendo como si tu vida dependiese de ello.

Si no la has cagado en ningún paso, el queso se confundirá con lo demás uniformamente, se terminará de evaporar el caldo y la mezcla se tornará densa en poco tiempo. Un buen indicador es que al remover emita un sonido como vaginal.

Final stage

Este preciso instante es el momento del apoteosis, del triunfo completo, de la gloria, el mundo es tuyo y esta noche pillas. Es tan simple como épico. Mezcla el contenido de la sartén con el de la cazuela.

Sirve y disfruta (si este no es uno de los momentos álgidos de tu vida, es que algo has hecho mal, pero todo es insistir).